Cuando lo imperfecto se convierte en perfecto

Hasta hace unos años, un error de ortografía en una publicación se convertía en una condena pública. Una palabra mal escrita, una coma fuera de lugar o un typo en un post de LinkedIn eran suficientes para cuestionar el cuidado, e incluso la capacidad, de quien lo había publicado.

En lo visual llevamos más tiempo persiguiendo la perfección. Ya existían los filtros, los retoques y las fotos cuidadosamente escogidas. Pero todavía había detalles que se escapaban: alguien atravesándose en el fondo, una sombra incómoda, unos dientes que no brillaban tanto.

Hoy es cada vez más fácil corregirlo todo. Podemos pulir un texto en segundos, mejorar la iluminación de una foto o borrar a una persona del fondo con un clic. Esa imagen que antes habríamos descartado ahora tiene arreglo. Ese párrafo que nos costaba escribir puede quedar listo sin mayor esfuerzo.

Y, sin embargo, algo curioso empieza a pasar: lo perfecto también empieza a generar sospecha.

Veo publicaciones en LinkedIn impecablemente redactadas y me pregunto cuánto hay de la persona que las firma. Veo fotografías en las que todo está tan bien resuelto que termino buscando algún detalle que me permita creer en ellas. La buena redacción y la buena iluminación, por supuesto, no prueban que algo haya sido hecho con inteligencia artificial. Pero la duda aparece.

Durante años, corregimos para transmitir credibilidad. Ahora, en algunos casos, tanta corrección nos hace desconfiar.

Me pregunto si llegaremos al punto de cometer errores de manera intencional. Si dejaremos una letra de más dentro de una palabra, una frase a medio terminar o una foto ligeramente desenfocada para demostrar que detrás hubo una persona. Si ese typo que antes nos daba vergüenza terminará siendo parte de una estrategia de comunicación.

Sería una paradoja bastante reveladora: fabricar el descuido para parecer auténticos.

Además, nada impide pedirle a una herramienta que escriba con errores, que suene menos pulida o que incluya expresiones coloquiales. De hecho, hoy en día, en muchos de los prompts que usamos pedimos que no suene a IA, que tenga un tono humano y que evite usar palabras típicas de la IA. Si también podemos producir la imperfección, una palabra mal escrita deja de servir como evidencia de humanidad. La duda sigue ahí.

Quizás lo que estamos extrañando tiene menos que ver con los errores y más con la voz propia. Con leer algo y reconocer a quien lo escribió. Encontrar una opinión que esa persona pueda defender, una experiencia contada con detalles que solo ella conoce, una forma de decir las cosas que no parezca intercambiable con la de cualquier otro.

Desde la comunicación, esto abre una discusión que va más allá de cómo redactamos un post.

Si todas las marcas pueden publicar textos impecables y producir imágenes extraordinarias, ese acabado pierde fuerza como elemento diferenciador. Habrá que mirar con más cuidado qué dicen, qué muestran y cuánto coincide con lo que hacen.

No creo que debamos empezar a escribir mal para demostrar que seguimos aquí. Me gusta que existan herramientas que nos ayuden a expresar mejor una idea. De hecho, la mayoría de mis escritos y columnas los paso por IA para asegurar que no tengan esos errores vergonzosos. Lo que sí debemos considerar es que, en el proceso de corregirlo todo, terminamos borrando aquello que permitía reconocernos.

Tal vez el reto sea aprender a dejar ciertos detalles como están. Una expresión poco convencional, una foto que nos gusta aunque la luz no sea ideal, una opinión que necesita más explicación de la que cabe en una frase perfecta. Porque en el mundo donde hoy casi todo es perfecto, tal vez se vale ser imperfecto.

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