“Si tú cambias, todo cambia”

“Las especies que sobreviven no son las más fuertes ni las más inteligentes, sino aquellas que se adaptan mejor al cambio” - Darwin.

¿Qué cambios hemos sufrido recientemente?, ¿han sido voluntarios o circunstanciales?, ¿a qué cambios le tememos?, ¿cuáles propiciamos?, ¿los que trae consigo la adultez?; tal vez a un cambio de país, de carrera o de trabajo, el cambio de un estado sentimental o, para no ir tan lejos, ¿un cambio de gobierno?

Según la definición del diccionario Oxford Languages, el término cambiar tiene dos significados: el primero es desprenderse de una cosa y recibir o tomar otra en su lugar, y el segundo es poner una cosa o a una persona en el lugar opuesto de otra.

Cada quien decide qué significado de cambio tiene mayor peso en su vida, y seguro que puede identificar alguno que haya propiciado de manera voluntaria u otros que no quería o se esperaban, pero finalmente sucedieron. Cuando se dan estos últimos, no nos queda más que adaptarnos, sean circunstanciales, naturales o sociales, se trata de entender que hacemos parte de transformaciones que nos superan como individuos, pero en los que tenemos un rol y es nuestra misión cumplirlo.

Existen cambios en los que, si bien tenemos voz y voto, no dependen cien por ciento de nosotros sino del sistema general: cambios sociales, de políticas, procedimentales, estructurales, desde un nuevo presidente en un país, un nuevo jefe en una compañía, la imposición de nuevas normativas o trasformaciones de negocio. Es en este tipo de cambios donde nuestra actitud y disposición serán las que aportarán al éxito o fracaso; si de entrada todo nos parece mal, seguro que así resultará. Si por el contrario, nos enfocamos en las acciones y aportes positivos que desde lo individual y colectivo podemos hacer, seguramente se logrará un resultado más favorable.

Siempre habrá un mundo, país, sociedad, negocio por emprender o institución que en su proceso de transformación abra oportunidades nuevas a cada individuo. Sin embargo, algunas veces invertimos más tiempo y energía en la resistencia al cambio sin darnos cuenta de que es exactamente la misma energía y tiempo que deberíamos estar invirtiendo en adaptarnos o gestionar los ajustes necesarios para que todos esos cambios relevantes en las instituciones aporten al crecimiento personal y al impacto positivo en nuestro entorno.

El cambio es parte de la evolución y núcleo de la transformación; cambian los objetivos, también lo hacen los gobiernos, son los cambios los que han escrito la historia de la humanidad, y en ella, así como en la historia del marketing, se han documentado casos extraordinarios; desde personas que nacieron en un entorno para luego crear o moverse a otro que inicialmente veían imposible, hasta marcas que cambiaron su logo o slogan. Incluso, existen casos de empresas que dejaron de existir para que naciera una más grande o mejor.

Hoy día vemos cómo se ha transformado comunicación y la expresión humana, así como la forma en la que trabajamos y construimos sociedad. Lo más significativo de los cambios siempre será el enfoque personal que les demos y la ventaja que saquemos de los mismos, se trata de entenderlos y adaptarnos como parte importante de ellos.

Está comprobado que si queremos lograr grandes resultados, sin duda debemos gestionar cambios, sean propios o colectivos, el secreto está en la cantidad de energía y tiempo que le dediquemos a lo que realmente deseamos, tal y como titula Borja Vilaseca en el octavo capítulo de su libro Las Casualidades no Existen:

“Si tú cambias, todo cambia”.

Y en el cual resalta la cita de Carl Gustav Jung:

“Aquello a lo que te resistes persiste, lo que aceptas, se trasforma”.

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